En los últimos meses la pandemia por COVID-19 ha dominado la agenda pública en México y casi todo el mundo. Una de las varias preocupaciones que han surgido es la del impacto negativo de este acontecimiento en la economía nacional. No solo eso, sino que se ha comentado en los medios de comunicación que la crisis económica que se asoma generará condiciones propicias para el aumento de la criminalidad. Este es un asunto que se ha discutido relativamente poco entre los analistas y, sobre todo, de manera algo anticipada. Las pocas opiniones provienen de marzo o abril, cuando la pandemia aún estaba cobrando fuerza y apenas comenzaban las restricciones para negocios y establecimientos en gran parte del país. La discusión más interesante sobre la posible relación entre la caída de la economía e inseguridad la ha hecho David Ramírez de Garay, disponible aquí: https://bit.ly/3fprudV. A poco más de tres meses que se declarara la fase 3, vale la pena retomar el tema y complementar algunos puntos que ahí se comentan.
¿Qué ha pasado con el crimen en los últimos meses?
En primer lugar, hay que entender si la criminalidad ha disminuido o aumentado. Por ejemplo, sería interesante saber si la dinámica de violencia, aproximada por cantidad de homicidios, se ha visto alterada. En la Gráfica 1 se observa la comparación del número de homicidios dolosos entre 2019 y 2020 para los meses elegidos, así como la variación anual porcentual, respecto al mismo mes, entre el año pasado y el actual. Como se puede observar, hay un aumento en marzo y abril, pero en mayo hay una ligera disminución.

Para tener una impresión sobre qué tanto ha influido la caída de la economía en el número de homicidios sería necesario contar con datos oficiales del Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, a falta de este, se puede utilizar el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE), actualizado a abril de este año. En varios análisis económicos se recurre a este indicador cuando las cifras oficiales del PIB no han sido publicadas, ya que están estrechamente correlacionados. Se puede consultar más información al respecto aquí: https://bit.ly/3gPTYxD. En la Gráfica 2 se observan las variaciones anuales en términos porcentuales del número de homicidios y el IGAE (serie desestacionalizada). En ambos casos parecería que hay una ligera tendencia a la baja, aunque no es tan clara.

Si la tendencia en la cantidad de homicidios no es tan evidente, vale la pena preguntarse si otros tipos de delitos, cuya naturaleza es pública (fuera del hogar) han disminuido en los últimos tres meses debido al menor flujo de gente en las calles. Este enfoque no consideraría delitos de naturaleza ‘privada’, como la violencia doméstica. La Gráfica 3 muestra una comparación de robos totales entre el año pasado y el actual, para la cual es pertinente advertir un par de cosas. Las tipologías de robo consideradas son aquellas relacionadas con la movilidad de las personas: 1) a institución bancaria, 2) a transeúnte en espacio abierto al público, 3) a transeúnte en vía pública, 4) de vehículo automotor, 5) en transporte individual, 6) en transporte público colectivo y 7) en transporte público individual. No fueron incluidos robo a casa habitación, robo a ganado y otros robos. Tampoco se incluyó ‘robo a negocio’, considerando que varios negocios cerraron por no ser considerados esenciales (aunque alguien podría argumentar en contra de este razonamiento). Así, es posible observar una caída notable, con la mayor disminución en mayo de este año, de 39%, en comparación con el año pasado.

En la Gráfica 4, se observan las variaciones anuales en términos porcentuales de robos totales y el IGAE. En este caso sí es posible observar una cierta correlación en las tendencias que siguen ambas variables. El mismo análisis podría realizarse para otros tipos de delitos y con mayor profundidad.

¿Aumentará el número de delitos en los próximos meses?
Pese a ser un análisis meramente descriptivo, las gráficas arrojan tendencias preliminares que son de utilidad para guiar la discusión. Estas son consistentes con argumentos como los de David Ramírez, en el sentido de que el comportamiento de los delitos depende de su naturaleza, pese al impacto económico. Mientras los robos obedecen más a motivaciones de oportunidad y necesidad económica entre ciertos grupos demográficos, muchos homicidios podrían estar ligados a las pugnas entre organizaciones criminales por encima de necesidades económicas.
Entonces, ¿qué se puede esperar que suceda en los próximos meses o par de años? ¿Habrá un aumento considerable en ciertos tipos de delitos producto de la severa contracción económica? Algo sí es seguro, como dice David Ramírez e indica la evidencia criminológica, en el sentido de que la relación entre economía y criminalidad no es tan clara ni tan directa. En su opinión, las grandes crisis económicas no necesariamente han estado acompañadas de un aumento en los delitos patrimoniales, pero sí de violencia doméstica. Sin embargo, hay que considerar que los ejemplos que él cita son de países anglófonos.
En contextos latinoamericanos, la historia podría ser diferente. Por ejemplo, Dammert y Malone (2006) señalan que en Argentina la seguridad pública fluctuaba con la economía y hasta antes de la década de los 90 era un país bastante seguro. Sin embargo, el deterioro que experimentó dicho país desde entonces y hasta 2001, cuando estalló la crisis económica, registró un aumento del 83% en el número de delitos. La provincia de Buenos Aires registró un incremento del 115% por sí sola. Habría que preguntarse cómo podría comportarse el crimen en México, tomando las mismas tipologías de delitos mostradas arriba. La Gráfica 5 muestra las variaciones anuales de los homicidios y el IGAE para una serie histórica que abarca el periodo de recesión económica de 2008. Una vez más, la relación no es para nada clara e, incluso, los homicidios continúan aumentando durante la recesión.

Sin embargo, la Gráfica 6 parece contar una historia distinta. La tendencia en los robos parece ir a la baja justo cuando se observa la mayor desaceleración económica a finales de 2008 y durante 2009. Después la variación en los robos tiende a aumentar ligeramente entre 2009 y 2010, cuando la economía muestra una mejoría. Es importante advertir que los datos de robo obtenidos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) fueron registrados en la metodología anterior. Con base en el desglose disponible, se tomaron como referencia los robos a instituciones bancarias, a transeúntes y de vehículos. Así que no es adecuado hacer comparaciones de algún tipo con la Gráfica 4, pero es importante señalar que en ambos casos se observan ciertas tendencias, aunque en la Gráfica 6 es mucho más ligera.

En algo sí hay que estar de acuerdo con David Ramírez, acerca de que, la relación entre economía y crimen no siempre es tan evidente porque “simplemente no estamos observando desde la perspectiva adecuada”. El artículo de Bell, Bindler y Machin que él menciona ilustra muy bien el argumento de que las relaciones tienden a ser indirectas, mediadas por variables relacionadas con la economía, pero también a otros factores sociales. Por ejemplo, muestran que los jóvenes que abandonan la escuela durante una recesión económica enfrentan mayores dificultades para conseguir empleos legales debido a la contracción del mercado laboral. Estas dificultades tienen un mayor impacto en el largo plazo ya que aumenta la probabilidad de que se involucren en actividades criminales.
¿Qué indica la evidencia para México?
Los enfoques preventivos en la criminología señalan la existencia de factores de riesgo y factores de protección en el análisis de la probabilidad de que un individuo participe en actividades delictivas. Hein (2004) identifica factores individuales, familiares, grupo de pares, sociales o comunitarios, así como socioeconómicos y culturales. Redondo (2008) propone un Modelo del Triple Riesgo Delictivo (TRD), en el cual reconceptualiza dichos factores en dimensiones de riesgo: individuales, sociales y de oportunidades delictivas.
En México se ha empleado esa visión para estudiar las conductas delictivas en varios centros urbanos. Por ejemplo, Segura y Cortez (2019) analizaron si en los municipios metropolitanos de Guadalajara, una mayor proporción de jóvenes que no estudiaban ni trabajaban influía en las tasas delictivas, a nivel de colonia. Su análisis incluyó tres tipos de robo (vehículos particulares, casa habitación y personas) al ser estos los más atractivos para los jóvenes con dicho perfil, por su bajo riesgo de castigo y alto retorno. Encontraron que, para el caso de robo de autos, a medida que aumentaba el número de jóvenes entre 18 y 24 años sin estudiar ni trabajar, aumentaba también la probabilidad de que su colonia tuviera una tasa delictiva superior a la tasa promedio municipal. Su estudio arrojó resultados consistentes en los otros dos tipos de robo, aunque en el caso de robo a personas encontraron que el rango de edad de 15 a 24 años también influía significativamente.
Caamal-Olvera y Olivera Martínez (2019) también analizaron qué tan expuestos estaban los jóvenes que no estudiaban ni trabajan a factores de riesgo relacionados a conductas delictivas. Para ello, utilizaron datos de localidades urbanas de todo el país. Entre sus resultados, llama la atención que los jóvenes que no estudiaban ni trabajaban tenían mayores probabilidades de convivir con personas que usaban armas, en comparación con los jóvenes que solo se dedicaban a estudiar. También es interesante observar que dicha probabilidad disminuía en ambos grupos a medida que aumentaba el ingreso familiar.
Siguientes pasos
Las reflexiones que aquí se comparten son solo un modesto esfuerzo que busca contribuir a la orientación del análisis de políticas públicas de seguridad. El análisis presentado indica la necesidad de poner atención en las diferentes formas en las cuales impactará la caída de la economía mundial en las condiciones de (in)seguridad. A diferencia del episodio de 2008, lo que se atestigua actualmente es la mayor crisis económica desde la Gran Depresión de los años 30. Por este motivo, será importante que el Estado enfoque sus esfuerzos en aquellos grupos sociales que se verán principalmente afectados.
Asimismo, es fundamental tener presente que las condiciones de la pandemia y las dinámicas de la postpandemia inevitablemente acentuarán la ocurrencia de ciertos tipos de delitos. Aunque no fue abordada en esta ocasión, no se debe perder de vista a la violencia doméstica, la cual se ha identificado como uno de los factores de riesgo que puede detonar otros delitos probablemente más graves. Tampoco hay que olvidar que las actividades informales suelen ser una respuesta a las crisis económicas (como dice David Ramírez), pero también es usual que estén relacionadas en menor o mayor medida a actividades ilegales. Es verdad que no hay una vasta evidencia empírica disponible en México, pero sí varios estudios que podrían ser de utilidad para orientar las políticas públicas de seguridad en los próximos años.
Por último, es necesario descentralizar la generación de conocimiento. Las universidades estatales deben asumir un rol más activo en la producción de investigación especializada que contribuya a la elaboración de políticas públicas basadas en evidencia e información en sus respectivos estados. El crimen se comporta de forma distinta en diferentes lugares, lo cual requiere respuestas hechas a la medida por aquellos que entienden mejor las realidades locales. Para esto se requiere una importante inversión de recursos, aunque probablemente menor a otros proyectos que varios gobiernos equivocadamente consideran prioritarios en este momento.
Referencias
Caamal-Olvera, C. y Olivera-Martínez, G. (2019). Los ninis expuestos a factores de riesgo social. En C. Figueroa y Á. Grijalva (Eds.). Análisis econométrico del delito y la violencia en México: De las personas a las instituciones. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
CEFP (2018). Evolución y perspectiva del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE). Consultado el 10 de julio de 2020. Obtenido de: https://www.cefp.gob.mx/publicaciones/presentaciones/2018/precefp0092018.pdf
Dammert, L. y Malone, M.F. (2006). Does It Take a Village? Policing Strategies and Fear of Crime in Latin America. Latin American Politics and Society, 48(4), 27-51.
Hein, A. (2004). Factores de riesgo y delincuencia juvenil, revisión de la literatura nacional e internacional. Chile: Fundación Paz Ciudadana.
INEGI (2019). Indicador Global de Actividad Económica (IGAE). Consultado el 10 de julio de 2020. Obtenido de: https://www.inegi.org.mx/temas/igae/default.html#Tabulados
Redondo, S. (2008). Individuos, sociedades y oportunidades en la explicación y prevención del delito: Modelo del Triple Riesgo Delictivo (TRD). Revista Española De Investigación Criminológica, 6, 1-53. Consultada el 10 de julio de 2020. Obtenido de: https://reic.criminologia.net/index.php/journal/article/view/34
Segura, K. y Cortez, W. (2019). ¿Existe una relación entre los ninis y la delincuencia? El caso de la zona metropolitana de Guadalajara. En C. Figueroa y Á. Grijalva (Eds.). Análisis econométrico del delito y la violencia en México: De las personas a las instituciones. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
SESNSP (2019). Datos abiertos de incidencia delictiva (actualizados al 20 de junio de 2020). Consultado el 10 de julio de 2020. Obtenido de: https://www.gob.mx/sesnsp/acciones-y-programas/incidencia-delictiva-87005?idiom=es
